miércoles, 4 de julio de 2012

Añoranzas (Primera entrega)


My precious...

¿Qué será que tienen las golosinas? ¿Cuál será esa cualidad que las convierte en una de las cosas que uno más extraña de su país? Basta con viajar para que uno añore un Toronto (este chocolatito venezolano que aparece en la foto, para el que no la conozca) como se añora a un tío, un tío acholatado con relleno de avellana. Jamás fui un niño come chatarra, ni un adolescente ni un adulto joven en tal caso. Las comía esporádicamente, como deben ser comidas para no terminar como uno de esos obesos que aparecen en Discovery Channel que requieren de grúas y arneses para salir de casa. Aunque ahora, cuando me siento después de un almuerzo y abro lentamente un envoltorio de Toronto deseo habérmelos comido todos en Caracas, haberme saturado hasta el punto de odiarlos hoy y no atesorar los pocos que tengo como si fuesen joyas o valiosos lingotes de oro.

Y es que aquí me di cuenta de que uno cuando se come eso no se come una golosina, no está ingiriendo un pedazo de chocolate o una galleta. Uno se está comiendo un recuerdo, un trozo de infancia. Uno no sabe bien lo que tiene hasta que lo pierde y eso es especialmente cierto al referirse a las chucherías, como le conocemos allá en mi país. Aquellos que han venido a mi casa conocen el valioso gesto que puede significar recibir una de mis chucherías como regalo. Nunca me canso de ver la cara de un invitado cuando la recibe, como si detrás de una cortina hubiese aparecido algún familiar muy cercano (iba a volver a mencionar lo del tío achocolatado pero me parece que esa imagen no aguanta dos referencias en una misma entrada). Pero hablando en serio les produce una sonrisa genuina, algo difícil de describir pero que creo que todos podemos entender. Esto no quiere decir que vayan a venir a pedirme que les de algo cada vez que me visiten porque tampoco es que soy un dealer de chucherías venezolanos. Así que ojo, porque están bien escondidas, en un lugar bien alto, detrás de cosas bien pesadas. ¡OJO!

Igual ya me quedan poquitas así que espero que vuelva mi madre para que me reabastezca. Pero no todo está perdido hasta entonces. Por cada golosina extrañada ha de haber algún equivalente que se encargue de saciar ese antojo. Por cada Samba de fresa habrá un Jorgito, por cada Cocosette habrá una Vauquita... Y por cada Toronto habrá..


Lectores, Tita. Tita, lectores

Yo la descubrí un poco tarde, a decir verdad. Pero esta galletita que ven aquí es lo más cercano que he encontrado para matar la necesidad de dulce. La verdad es que estaba pareja la competencia porque tengo un punto débil también por unas galletas de limón que hace Havanna, pero estas cuestan como la mitad y además de glotón soy duro para gastar. Así que gano la Tita. Altamente recomendada para el que no la conozca.

No te cambio por nada, Toronto, pero espero sepas entender que debía buscarme otra. Al fin y al cabo, amor con hambre no dura...


Pedro, el infiltrado






1 comentario:

  1. jajajajaja

    Chamo Pedro eres una rata cambiaste a Torontica por Tita...eso no se hace man. Además extranjera....

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